De todos los cuartos vacíos,
de todas las ventanas cerradas por fuera,
de cada pasillo oscuro, de cada flor muerta,
de todos los salones sucios, todas las lozas rotas.
Le pidieron hablar un poco más. Entonces habló.
De lo gris del cielo,
de las mañanas, de la fobia a la noche.
De las mareas, de la arena pegajosa,
de la lluvia,
de las calles empedradas,
de la risa de la gente sin alma.
Siguió...y luego calló.
En sus ojos se reflejaban cosas. "Cosas" y un mundo fascinante e inmeso.Tan grande como el que vivía bajo la suela de sus roídos zapatos. Aún más grande que la bóbeda del viejo y azul cielo raso de su habitación de infancia. Aún más grande que la verborrea y el dolor. Vasto como todos los países de su imaginación.
Le pidieron no temer. Y su corazón se endureció.
Sus párpados se enfriaron.
Olvidó cómo volver a casa,
olvidó las llaves del auto, olvidó el saco.
Sus tibias manos también fueron olvidadas dentro del bolsillo de su pantalon.
Sus mejillas perdieron color.
El silencio movía sus pasos ahora.
Un silencio más bello que todos los despistes del mundo.
Un callar no errado, casi tierno y que despejaba brumas de incoherencia.
Le pidieron volver. No volvió más.
Adoptó una banca frente al mar y se prometió nunca más escuchar a nadie.
Cerró sus puños y empezó a llorar.
Del bolsillo sacó sus manos, las llevó a los párpados y volvió a temer.
Como temen las bandadas cada verano,
y como ellas, tampoco quería saber lo que la esperaba al otro lado de las estaciones.
Hace 2 semanas



